Domingo, 05 de marzo de 2006
1. Grecia. La mujer pasa su vida en el hogar. No participa de la vida pública. Es casada a los quince sin ser consultada. Opciones para ser libre: la prostitución o el sacerdocio.
Roma. Las romanas hilan con rueca y huso. Por el tamaño de su tejido se sabía si habían estado en casa. La mujer es propiedad del varón, que le pone los puntos. Las distracciones más extendidas son: El “otium”, el “interruptus” y el “rigor mortis”.
2. Cristianismo. Se ponen de moda el mesianismo y el arrepentimiento, con sandalias al tono. Además de temerle al padre y al esposo, ahora se suma Dios. La mujer no puede morder manzanas ni amantes sin peligro de muerte.
4. Mundo Musulmán. La sociedad es esencialmente patriarcal; primero el camello y después la esposa; la poligamia es corriente entre los ricos, los pobres son monógamos por falta de recursos, que no de ganas.
5. Feudalismo. La mujer sigue teniendo a su cargo todas las funciones domésticas. Hace pasteles, cuida de los cerdos, hace conservas, chorizos e hijos. Y encima, para la Iglesia es un instrumento del demonio.
6. Renacimiento. Aunque existen mujeres cultas e independientes, el cometido de la mujer común sigue siendo ser madre, esposa y perpetuar la especie haciendo el mínimo de comentarios posibles. La mujer ideal: recatada, sumisa, sacrificada y en casa. Sin embargo, son comunes el adulterio, el aborto y el mal aliento. En 1563 el Concilio de Trento decreta, tras largas discusiones teológicas y por un voto, que la mujer tiene alma.
7. Revolución Francesa. Las mujeres se enfrentan a la siguiente contradicción: Liberté, Egalité y Fraternité para la población masculina, y té con masa fina para la femenina. Olimpia de Gouges, autora teatral y activa revolucionaria, publica en 1791 la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. Otra ciudadana declaraba: “A partir de ahora luciremos la escarapela tricolor sobre la ropa interior, en adelante roja, para que nuestros amantes no olviden nuestros derechos ni en la cama”. El encarcelamiento y ejecución en la guillotina de Olimpia simbolizó el fracaso de los reclamos feministas. Y de la lencería de color.
8. Siglo XIX. El padre es el eje de la familia y el custodio de los bienes. Los hijos aprenden la tradición y se dejan bigote. La herencia es recibida por el varón y es su obligación incrementarla. Las posesiones elevan el prestigio. La señora hace juego con las cortinas. Las mujeres se hartan y los reclamos feministas toman vigor de manera colectiva. Sufragismo por un lado y reacción por el otro, no orto.
9. Siglo XX. Se observa un incremento en el número de mujeres solteras. El matrimonio deja de ser una situación deseada. Resulta más rentable tener una ocupación paga que trabajar gratis en casa. La mujer occidental accede lentamente a la vida pública y democrática. Se le concede el voto y el orgasmo.
10. Argentina siglo XXI. Féminas burguesas, cobardes o simplemente imbéciles proclaman, entre temblores y sonrisas: “No soy feminista sino femenina”, “Me gusta que me abran la puerta, que me regalen flores y que mi pareja me cele”, “Nunca me acosaron, por suerte nadie me discriminó” y un inmenso etcétera cargado de frases con olor a cerebro lavado y centrifugado, producto de la desinformación a la que siguen sometidas. O de las secuelas del detergente.
Mujeres que invierten en el matrimonio, recauchutan su cuerpo para seguir en carrera o se subyugan frente a la billetera del caballero, desconocen absolutamente el significado del término feminismo y abonan con sus actitudes la continuidad de la desigualdad.
A nadie se le ocurriría que un negro quiera volver al asiento de atrás. ¿Por qué hay que argumentar la necesidad del feminismo? ¿Retroceso o estupidez?
No hay nada más escandaloso que la ignorancia y la mansedumbre del que desconoce la historia y el sentido de pertenencia.
Fernanda García Lao
(dramaturga, escritora, puestista, actriz)
Por: Barrios de Pie | Área Género | Comentarios (0) | Referencias (0)
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