Domingo, 12 de marzo de 2006
Desde hace ya un tiempo nuestro país vive un proceso inflacionario, contra el cual, el gobierno nacional ha movilizado una parte importante de sus esfuerzos. Esfuerzos que en muchos casos han logrado importantes éxitos y en otros ha encontrado una pronunciada resistencia, sobre todo de los sectores más concentrados de la economía.
Desde dichos sectores hay una inequívoca vocación de tratar de convencernos de que el problema de la inflación es generado por los aumentos salariales, o sea que se cargan las culpas hacia los sectores más golpeados por la crisis de los ’90 (los trabajadores) y por otra parte se pretende hacernos creer que estaríamos frente a un fenómeno donde gran parte de los grupos empresarios monopólicos no tienen nada que ver... aunque salgan ampliamente beneficiados.
Esto que decimos se ve reflejado en cómo, a pesar de la mejora de los índices generales de empleo y pobreza, la brecha entre ricos y pobres se amplia, como resultado de que justamente los ricos son los que mejor están mejor preparados (a partir de su capacidad económica/capital) para aprovechar la evidente reactivación en marcha en la Argentina.
Por otra parte también se dice que “la demanda ha crecido por encima de la capacidad productiva de muchas industrias”. Es evidente que la industria nacional sufrió importantes golpes desde 1976 hasta el 2002, haciendo desap arecer cantidad de fábricas importantes o trasladando emprendimientos industriales a terceros países de la región (los cordobeses conocemos este fenómeno, particularmente fuerte entre los autopartistas). Lo que no se dice es que desde el comienzo de la reactivación al presente, la tasa de reinversión es bajísima lo cual conlleva que la capacidad productiva aún va a estar fuertemente condicionada si esta actitud empresarial no cambia.
La carne, apenas un ejemplo
En este marco, el ejemplo más escandaloso es el que nos ofrece todos los días la industria de la carne y los grandes productores ganaderos. Desde distintos medios ellos sostienen de que “el mercado interno presiona al alza los precios”, que “hace 30 años que el plantel ganadero está congelado” y que la cuestión de fondo “es un tema de educación de los consumidores”.
Hace pocas semanas también escuchamos a una dirigente de CARBAP decir que el problema es que el presidente “tiene poca materia gris...” Sin dudas en ninguna de las argumentaciones anteriores está la verdad, son apenas cortinas de humo verbales que ocultan la falta de inversión en el sector, el corrimiento de muchos productores hacia áreas de mayor rentabilidad (por ejemplo Soja), y por supuesto la codicia, que lejos del ser el motor del progreso (como sostenía Adam Smith) es uno de los pilares del modelo neoliberal que fundió al país.
Estos empresarios han vivido durante años del mercado interno. Por décadas los argentinos sostuvimos con nuestro consumo la existencia del actual plantel ganadero. Por más de 150 años comimos carne con aftosa y en condiciones que el mercado internacional contemporáneo rechazaría de plano. Además mantuvimos, con el pago de nuestros impuestos y el esfuerzo colectivo, instituciones como las facultades nacionales de Veterinaria, los colegios técnicos con orientación agrícola... y por supuesto el INTA y el SENASA. Todas ellas herramientas fundamentales para que la carne argentina -libre de plagas y enfermedades- tenga hoy un valor agregado superlativo.
Frente a esta realidad indubitable, la respuesta de los frigoríficos y los grandes productores ganaderos es privilegiar una ganancia rápida, faenar todo lo que se mueve y castigar al mercado interno haciéndolo pagar precios exorbitantes. Lo cual además de ser moralmente criticable, es económicamente insostenible y altamente nocivo en el presente ya que exportamos carne y terminamos importando inflación.
Los dirigentes de CARBAP (hacemos centro en ellos porque son en principio quienes más han dejado en claro sus visiones económicas y políticas) sostienen también de que “en la Argentina hay que hacer como en Uruguay: enseñarle a la gente a comer oveja para destinar la carne vacuna al mercado externo...” Este pensamiento, tan transparente como inviable en el corto/mediano plazo, nos plantea que el problema debe ser solucionado por nuevas políticas educativas y además -también hay que decirlo- no nos explicita que sería bastante improbable conseguir productores que se hicieran cargo del desafío de abastecer al mercado interno, ya que evidentemente nadie en el campo invertiría en ovejas, si las vacas y la soja “rinden más”. Por supuesto esta “propuesta educativa” de CARBAP tampoco aclara qué se ha de hacer cuando el precio de la carne vacuna baje en el mercado internacional y la producción deba volcarse al mercado interno para sostenerse.
Este esquema económico prebendario debe terminar en la Argentina y es por eso que la decisión de Gobierno Nacional de suspender las exportaciones de carne por 6 meses, es algo más que una herramienta para favorecer el consumo interno, es fundamentalmente una señal y un límite concreto para aquellos sectores que han decidido privilegiar sus enormes ganancias, por encima de las necesidades de la industria y los consumidores locales.
Producido por el Equipo de Prensa del Movimiento Barrios de Pie-Córdoba
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